Paso otro día del "Militante"

Paso otro día del "Militante"

MILITANTES

Como otras tantas veces, la jornada se abrió desapacible; no allanaba el rumbo del común destino de las mayorías.

La terca realidad se empeña siempre en imponer dificultades. Unas más duras y tenaces que otras; todas obstáculos al fin.

Un cielo plomizo y una lluvia impiadosa se sumaban a grises tanques y carriers de la X Brigada del Ejército, dispuestos a no dejar plasmar la voluntad popular en expresión coral.

Se resistía a caer un telón que dejará atrás 18 años de ausencia y retroceso; volvía al país el líder que reencendía justas esperanzas y odios de visceral abolengo.

Volvía enaltecido por la voluntad férrea de los que luchan sin jamás entregarse.

Llovía camino a Ezeisa; por él, enfundados en sus trajes de guerra, cientos de militares y policías obedientes insistían en taponar una vez más el paso de la historia; esa historia nuestra hecha de adioses, pero también de bienvenidas y sueños encarnados.

La lluvia agregaba dramatismo a unas escenas que al tiempo encendían un halo heroico para engrandecerlas disponiéndolas en sitios especiales de la memoria.

Cientos de miles, impedidos en su marcha por las calles y los campos, hicieron guiños cómplices frente al río oscuro; era un obstáculo mayor solo para indecisos.

El agua a la cintura por debajo y la lluvia empapando el resto de esos cuerpos erguidos; así continúo la marcha desafiante, impertinente, audaz, insultante para el orden cerrado de esos años de plomo.

Venían de casi todos lados; de los barrios humildes, de las fábricas, de escuelas y de claustros,

Llegando a la otra orilla… la de una victoria provisoria, como todas las victorias.

Los muros de las cárceles estremecían en su sólida cerrazón, por un canto sin ensayos con que miles de voces fundidas improvisaban una marcha prohibida; pecaminosa como ninguna para los republicanos espíritus del eterno privilegio.

Era 17 de noviembre de 1972 y muchos éramos jóvenes, caminábamos ya junto a otros con añosas mochilas de dolor y de muerte.

Ya no olvidaré ese día lluvioso, sin lluvia detrás de los barrotes de la U2 de la calle Bermúdez.

Ya no podrá borrarse de mí, aunque quisiera; aunque no quiero, ni querré.

Ese día es el Día del Militante. Ese es para nosotros el Día del Militante, que emuló al otro 17.

No es una efemérides vaciada de sentido; guarda eterna dignidad, insomne rebeldía ante lo injusto.

Es el día de los maravillosos necios que no se rinden ni doblegan.

El día de los sueños incumplidos que se siguen soñando, renaciendo en cada aurora.

El día de erguirse por sobre las traiciones; invictos a pesar de tantas frustraciones.

Los refutadores de sueños aseguran que somos especie en extinción; afirman con soberbia que hoy soplan otros vientos.

Tan solo ven en Cristo a un hombre clavado en un madero; en Guevara una foto; en Evita un recuerdo; apenas pies desnudos metidos en la fuente; a los pueblos marchando sin rumbo ni destino… ignoran el origen, eterno y esencial, del hombre en movimiento.

Calculan intereses, exactos porcentuales y dólar consistente. No hay palabras hermosas, desprecian utopías. Hay que estar prevenidos porque a veces se esconden en nuestra propia casa; recrean espejismos renovando placebos que tapan lo evidente.

De este lado insistimos con el canto de vida esparciéndolo al viento; militantes vitales de sueños redentores.

No llegan… nunca llegan adonde en cada perfección se lo proponen.

Pero este pobre mundo va, incesante, más allá de lo que hubiese ido sin su esfuerzo.

Eso fuimos; eso somos; eso queremos ser: militantes por razón y corazón… y sin remedio.

Por Julio Salinardi

1972 – 17 de Noviembre - 2018